CAPÍTULO 2
Pasaron varios días del asesinato de Lola, y me llegó la
carta del funeral. No quería ir, estaba totalmente negada a su muerte. Mi
hermano estaba lejos, mi padre estaba en el ejército, mi madre estaba tan
deprimida que no salía de su habitación y Lola, mi mejor amiga, estaba muerta.
Ahora si que me sentía sola.
Leí la carta, y la fecha daba 15 de noviembre, solo faltaban
5 días. Fui a casa de Lola, a ver cómo estaba su marido. Estaba hundido en su
propio sufrimiento. Ella solo tenía 27 años, lo que hizo que recordara a un
lejano “club” que había de rockers famosos en los que todos morían a los 27…
Pero ella no era una rockera, ella era una jodida chica de 27 años, con toda la
vida por delante y por culpa de estos hijos de puta, ahora solo es un recuerdo.
Me estaba cansando de todo esto que estaba sucediendo. Ahora
estaba sola en esto. Mientras yo me metía cada vez más en mis pensamientos,
Antony me habló.
-¡Sussie!- desperté. –Vos sabés lo que pasó con ella, ¿no?
Sabés que fueron los azules, ¿no es así?-
-Sí, por Dios. Ella esa noche me había llamado, y fui
corriendo a ver qué pasaba. Pero no pude hacer nada,- dije y comencé a llorar.
–no pude hacer nada, lo siento.-
-Está bien,- dijo él, y me abrazó. –mientras ambos sepamos
la verdad, esto no quedará impune.-
Ya era el día del funeral, por lo que traté de poner mi
mejor voluntad y salí. Mamá no quiso ir. Necesitaba que alguien me acompañara,
yo ya no podía sostenerme a mí misma. Fui con Antony, él realmente no estaba
bien. Yo no sabía cómo consolarlo, no sabía ni como consolarme a mi misma. Llegamos,
y estaba ahí, el párroco del lugar. Yo no creía en nada, por lo que solo fui a despedirme
de ella. Cuando terminó de decir todas esas cosas religiosas, dijo:
-Dolores Anderson, fue una gran persona que no pudo
contenerse a violar el toque de queda impuesto por nuestro gobierno para
nuestra protección. Esperemos que ella se encuentre bien con Dios, y nos sirva
como ejemplo para no quebrantar la ley.- ¿Qué? Esto no es cierto, ella no
quebrantó ninguna ley, ella estaba en su casa, entraron y la mataron.
-¿Qué clase de mentira es ésta? ¡Ella no quebrantó nada,
ella estaba en su casa, los azules la mataron!- dije, llorando.
-Señorita, se que usted está dolida por el asunto, pero no
podemos hacer nada. Esto fue lo que pasó el 5 de noviembre. Esto es lo que el
marido nos dijo.- Mis ojos se abrieron como platos y miré a Antony.
-¡Antony! ¡Vos sabés lo que pasó, deciselos!-
-No sé de qué estás hablando.- Dijo Antony.
-¡Vos mismo me dijiste que también sabías esto!- El párroco
hizo una seña y vino un tipo de seguridad desde atrás y me dijo:
-Usted deberá retirarse, está demasiado nerviosa.-
-¡Yo no estoy nerviosa! ¡Yo estoy diciendo la verdad!-No
terminé de hablar que me agarró y me llevó.
Estaba afuera, ya no tenía a nadie conmigo. No sé qué le
había pasado a Antony, si él mismo me había dicho que sabía lo mismo que yo. No
entendía nada, estaba llorando de bronca. Estaba muy enojada.
-Una dama como usted no debería andar llorando por lo
rincones…- Se me paró el corazón cuando escuché su voz, y levanté la mirada.
Sus ojos negros me penetraron. -¿Por qué llora?- dijo al ponerse en cuclillas.
-Todos mienten. Estoy más sola que nunca, y la única persona
a la que podría haberme acercado, se volvió como los demás.- dije y comencé a
llorar otra vez. Me abrazó y me dijo:
-Usted no está sola, me tiene a mí.- Limpió mis lágrimas y
me invitó a caminar. En el camino le conté todo lo que había sucedido.
-Es que, lamentablemente, la gente tiene miedo el gobierno
en el que estamos, y por eso no dice la verdad. Pero eso no la hace menos a
usted, la hace más por no importarle lo que pueda perder diciendo la misma.-
-Claro que no temo a perder, ya no tengo nada que perder…-
Siempre fui un tanto pesimista.
-Eso es una ventaja. Al no tener nada que perder, uno se
vuelve más fuerte. Uno se vuelve uno y no le asusta nada. O al menos, eso es lo
que me pasó a mí. Muy poca gente se anima a decir la verdad en ésta situación
en la que vivimos, y es muy valorable que usted pueda hacerlo…- Me sacó una
sonrisa. –Qué bonita sonrisa tiene, no la he visto muchas veces, pero es
magnífica. ¿Podría fotografiarla?- Me sonrojé.
-No me gusta que me saquen fotos…-
-Por favor, solo será una, lo prometo.- Sacó una cámara de
su bolso negro, la puso cerca de mi boca, y me sacó una foto. Al terminar, me
la mostró. –¿Ve, usted, que es bellísima?-
Solo sonreí, ya no tenía fuerzas para hacerlo. Nos sentamos
en el pasto de una plaza, y yo me recosté sobre sus piernas, y me quedé
profundamente dormida. No dormía bien desde antes que pasara lo de Lola. Hacían
unos 10 días que no dormía, casi. Me desperté con la alarma de mi reloj. Eran
las 6:40, en 20 minutos comenzaba el toque de queda. Félix no estaba. Otra vez
desaparecía sin dejar rastros, aunque, lo único que me dejó, fue otra rosa.
Ya me estaba acostumbrando a que se fuera sin fundamentos.
Creo que eso era una de las cosas por las que me atraía. Eso y que sea tan
misterioso. Apenas sabía su nombre, su edad y que era artista. No sabía nada
más de él, sabía como escabullirse para que terminara hablando de mí. Estaba hablándole
de mí a un extraño, ahora que lo pensaba. Ya no me importaba lo que me decían
de pequeña, el típico “no hables con extraños”. Pero éste extraño me daba una
sensación de que lo conocía de toda la vida. Una sensación que me permitía
contarle hasta mi más profundo secreto sin vergüenza. El siempre sonreía cuando
yo hablaba. Y yo también, cosa que, desde que apareció, solo lo hago con él.
Esto de la guerra estaba poniéndome los pelos de punta.
Primero mi papá, luego Lola, luego Antony, ¡basta! Solo quería un minuto de
paz. Todo esto comenzó hace unos 12 años. Yo tenía 11, para el entonces, y me
estaba comenzando a agradar Londres. Iba al colegio, como todo niño de mi edad,
y me estaba comenzando a atraer un niño, Steve. Él era lindo, aunque era un
poco bravucón. Ahora se de dónde lo sacó. Su padre, lord Robert Burton, era el
presidente en ese momento. Un día, un 3 de septiembre, anunció que la guerra
era públicamente iniciada. ¿Guerra con quién? Nunca supimos más que contra los
azules. El tipo se fue, con su familia (incluyendo a Steve), dejando a cargo
del país, realmente, a nadie. Solamente se comunicaba con nosotros vía cámara y
daba discursos estúpidos. Discursos que la gente comenzó a creer. Ahí comenzó
el toque de queda, a mis hermosos 13 años. No pude disfrutar el salir por las
noches, por lo que apareció mi adicción al alcohol o a sustancias. Nunca tuve
una buena relación con mamá, siempre me llevé mejor con papá, ya que ella solo
me trataba con violencia, cuando papá era el que jugaba conmigo.
No tuve muchas amigas. Solo Lola, quien, cuando me mudé a
Londres, vivía con su madre. Al poco tiempo, su madre murió, por lo que ella
tuvo que comenzar a mantenerse sola a los 15 años. A los 17 se enamoró de
Antony, y a los pocos meses se fueron a vivir juntos y se casaron.
Lola siempre fue de carácter revolucionario, talvez por eso
le pasó lo que le pasó. Pero yo no me asusté por eso. Gracias a Félix, soy más
fuerte.
Ya habían pasado dos meses de lo sucedido y de la última vez
que lo había visto a Félix. Era un tipo que realmente, nunca lograba terminar
de entender.
-¡Sussie!- Qué raro mamá interrumpiendo mis pensamientos. A
veces creo que pienso demasiado todo. Debería para un poco. –Te busca un hombre
afuera.-
-¿Un hombre? ¿Quién?- ¿Félix? Pensé…
-No sé, te busca a vos, vos deberías saber quién es.- Hoy
nos levantamos de malhumor. Fui a la puerta, totalmente ilusionada de que sea
Félix. Pero no, no sé quién era.
-Am, ¿si?-
-¡Sussie! ¿No me recordás?-
-Me temo que no.-
-Sussie, ¡Soy Steve, tu compañero de colegio!-
-¡Ay, pero pasá! Mamá, ¿te acordás de Steve?- mamá ya se
había ido. ¿Qué les pasaba a todos con desaparecer de repente?- bueno, se fue
mamá- dije riendo.
-¿Está tu mamá?- dijo Steve sorprendido.
-Sí, ¿no te abrió ella?- le dije mientras preparaba café.
-No, me abriste vos, Susana.- Dios, hacían añares que nadie
me decía Susana. Odiaba mi nombre. No le di interés, me entretuve hablando con
él. Me dijo que antes había ido a visitar a Lola cuando se enteró de la
noticia. Me dijo que Antony le había dado una carta. ¡Una carta de mi hermano!
Pensé, pero era extraña.
“Sussie:
Creo que deberías dejar de hacer cosas
que no se te permiten. No sos nadie. Si te interesa saber quién soy, nos vemos
hoy, 13 de diciembre, en la calle 30, entre 23 y 24. Fíjate que hay un bar, métete,
yo te voy a esperar sentado.”
No tenía firma, ni dirección, ni nada. Todo se estaba
volviendo más y más extraño.
-¿Qué pasó? ¿De quién era?- me preguntó Steve.
-De nadie, me tengo que ir.- Dije y me fui. Se me estaba
pegando eso de desaparecer de repente. Antes de irme le avisé a mi mamá que
estaba Steve, a ella le caía bien, así que se quedaron hablando.
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