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miércoles, 8 de agosto de 2012

Cántame, para dormir. Capítulo 2.


CAPÍTULO 2

Pasaron varios días del asesinato de Lola, y me llegó la carta del funeral. No quería ir, estaba totalmente negada a su muerte. Mi hermano estaba lejos, mi padre estaba en el ejército, mi madre estaba tan deprimida que no salía de su habitación y Lola, mi mejor amiga, estaba muerta. Ahora si que me sentía sola.
Leí la carta, y la fecha daba 15 de noviembre, solo faltaban 5 días. Fui a casa de Lola, a ver cómo estaba su marido. Estaba hundido en su propio sufrimiento. Ella solo tenía 27 años, lo que hizo que recordara a un lejano “club” que había de rockers famosos en los que todos morían a los 27… Pero ella no era una rockera, ella era una jodida chica de 27 años, con toda la vida por delante y por culpa de estos hijos de puta, ahora solo es un recuerdo.
Me estaba cansando de todo esto que estaba sucediendo. Ahora estaba sola en esto. Mientras yo me metía cada vez más en mis pensamientos, Antony me habló.
-¡Sussie!- desperté. –Vos sabés lo que pasó con ella, ¿no? Sabés que fueron los azules, ¿no es así?-
-Sí, por Dios. Ella esa noche me había llamado, y fui corriendo a ver qué pasaba. Pero no pude hacer nada,- dije y comencé a llorar. –no pude hacer nada, lo siento.-
-Está bien,- dijo él, y me abrazó. –mientras ambos sepamos la verdad, esto no quedará impune.-
Ya era el día del funeral, por lo que traté de poner mi mejor voluntad y salí. Mamá no quiso ir. Necesitaba que alguien me acompañara, yo ya no podía sostenerme a mí misma. Fui con Antony, él realmente no estaba bien. Yo no sabía cómo consolarlo, no sabía ni como consolarme a mi misma. Llegamos, y estaba ahí, el párroco del lugar. Yo no creía en nada, por lo que solo fui a despedirme de ella. Cuando terminó de decir todas esas cosas religiosas, dijo:
-Dolores Anderson, fue una gran persona que no pudo contenerse a violar el toque de queda impuesto por nuestro gobierno para nuestra protección. Esperemos que ella se encuentre bien con Dios, y nos sirva como ejemplo para no quebrantar la ley.- ¿Qué? Esto no es cierto, ella no quebrantó ninguna ley, ella estaba en su casa, entraron y la mataron.
-¿Qué clase de mentira es ésta? ¡Ella no quebrantó nada, ella estaba en su casa, los azules la mataron!- dije, llorando.
-Señorita, se que usted está dolida por el asunto, pero no podemos hacer nada. Esto fue lo que pasó el 5 de noviembre. Esto es lo que el marido nos dijo.- Mis ojos se abrieron como platos y miré a Antony.
-¡Antony! ¡Vos sabés lo que pasó, deciselos!-
-No sé de qué estás hablando.- Dijo Antony.
-¡Vos mismo me dijiste que también sabías esto!- El párroco hizo una seña y vino un tipo de seguridad desde atrás y me dijo:
-Usted deberá retirarse, está demasiado nerviosa.-
-¡Yo no estoy nerviosa! ¡Yo estoy diciendo la verdad!-No terminé de hablar que me agarró y me llevó.
Estaba afuera, ya no tenía a nadie conmigo. No sé qué le había pasado a Antony, si él mismo me había dicho que sabía lo mismo que yo. No entendía nada, estaba llorando de bronca. Estaba muy enojada.
-Una dama como usted no debería andar llorando por lo rincones…- Se me paró el corazón cuando escuché su voz, y levanté la mirada. Sus ojos negros me penetraron. -¿Por qué llora?- dijo al ponerse en cuclillas.
-Todos mienten. Estoy más sola que nunca, y la única persona a la que podría haberme acercado, se volvió como los demás.- dije y comencé a llorar otra vez. Me abrazó y me dijo:
-Usted no está sola, me tiene a mí.- Limpió mis lágrimas y me invitó a caminar. En el camino le conté todo lo que había sucedido.
-Es que, lamentablemente, la gente tiene miedo el gobierno en el que estamos, y por eso no dice la verdad. Pero eso no la hace menos a usted, la hace más por no importarle lo que pueda perder diciendo la misma.-
-Claro que no temo a perder, ya no tengo nada que perder…- Siempre fui un tanto pesimista.
-Eso es una ventaja. Al no tener nada que perder, uno se vuelve más fuerte. Uno se vuelve uno y no le asusta nada. O al menos, eso es lo que me pasó a mí. Muy poca gente se anima a decir la verdad en ésta situación en la que vivimos, y es muy valorable que usted pueda hacerlo…- Me sacó una sonrisa. –Qué bonita sonrisa tiene, no la he visto muchas veces, pero es magnífica. ¿Podría fotografiarla?- Me sonrojé.
-No me gusta que me saquen fotos…-
-Por favor, solo será una, lo prometo.- Sacó una cámara de su bolso negro, la puso cerca de mi boca, y me sacó una foto. Al terminar, me la mostró. –¿Ve, usted, que es bellísima?-
Solo sonreí, ya no tenía fuerzas para hacerlo. Nos sentamos en el pasto de una plaza, y yo me recosté sobre sus piernas, y me quedé profundamente dormida. No dormía bien desde antes que pasara lo de Lola. Hacían unos 10 días que no dormía, casi. Me desperté con la alarma de mi reloj. Eran las 6:40, en 20 minutos comenzaba el toque de queda. Félix no estaba. Otra vez desaparecía sin dejar rastros, aunque, lo único que me dejó, fue otra rosa.
Ya me estaba acostumbrando a que se fuera sin fundamentos. Creo que eso era una de las cosas por las que me atraía. Eso y que sea tan misterioso. Apenas sabía su nombre, su edad y que era artista. No sabía nada más de él, sabía como escabullirse para que terminara hablando de mí. Estaba hablándole de mí a un extraño, ahora que lo pensaba. Ya no me importaba lo que me decían de pequeña, el típico “no hables con extraños”. Pero éste extraño me daba una sensación de que lo conocía de toda la vida. Una sensación que me permitía contarle hasta mi más profundo secreto sin vergüenza. El siempre sonreía cuando yo hablaba. Y yo también, cosa que, desde que apareció, solo lo hago con él.
Esto de la guerra estaba poniéndome los pelos de punta. Primero mi papá, luego Lola, luego Antony, ¡basta! Solo quería un minuto de paz. Todo esto comenzó hace unos 12 años. Yo tenía 11, para el entonces, y me estaba comenzando a agradar Londres. Iba al colegio, como todo niño de mi edad, y me estaba comenzando a atraer un niño, Steve. Él era lindo, aunque era un poco bravucón. Ahora se de dónde lo sacó. Su padre, lord Robert Burton, era el presidente en ese momento. Un día, un 3 de septiembre, anunció que la guerra era públicamente iniciada. ¿Guerra con quién? Nunca supimos más que contra los azules. El tipo se fue, con su familia (incluyendo a Steve), dejando a cargo del país, realmente, a nadie. Solamente se comunicaba con nosotros vía cámara y daba discursos estúpidos. Discursos que la gente comenzó a creer. Ahí comenzó el toque de queda, a mis hermosos 13 años. No pude disfrutar el salir por las noches, por lo que apareció mi adicción al alcohol o a sustancias. Nunca tuve una buena relación con mamá, siempre me llevé mejor con papá, ya que ella solo me trataba con violencia, cuando papá era el que jugaba conmigo.
No tuve muchas amigas. Solo Lola, quien, cuando me mudé a Londres, vivía con su madre. Al poco tiempo, su madre murió, por lo que ella tuvo que comenzar a mantenerse sola a los 15 años. A los 17 se enamoró de Antony, y a los pocos meses se fueron a vivir juntos y se casaron.
Lola siempre fue de carácter revolucionario, talvez por eso le pasó lo que le pasó. Pero yo no me asusté por eso. Gracias a Félix, soy más fuerte.
Ya habían pasado dos meses de lo sucedido y de la última vez que lo había visto a Félix. Era un tipo que realmente, nunca lograba terminar de entender.
-¡Sussie!- Qué raro mamá interrumpiendo mis pensamientos. A veces creo que pienso demasiado todo. Debería para un poco. –Te busca un hombre afuera.-
-¿Un hombre? ¿Quién?- ¿Félix? Pensé…
-No sé, te busca a vos, vos deberías saber quién es.- Hoy nos levantamos de malhumor. Fui a la puerta, totalmente ilusionada de que sea Félix. Pero no, no sé quién era.
-Am, ¿si?-
-¡Sussie! ¿No me recordás?-
-Me temo que no.-
-Sussie, ¡Soy Steve, tu compañero de colegio!-
-¡Ay, pero pasá! Mamá, ¿te acordás de Steve?- mamá ya se había ido. ¿Qué les pasaba a todos con desaparecer de repente?- bueno, se fue mamá- dije riendo.
-¿Está tu mamá?- dijo Steve sorprendido.
-Sí, ¿no te abrió ella?- le dije mientras preparaba café.
-No, me abriste vos, Susana.- Dios, hacían añares que nadie me decía Susana. Odiaba mi nombre. No le di interés, me entretuve hablando con él. Me dijo que antes había ido a visitar a Lola cuando se enteró de la noticia. Me dijo que Antony le había dado una carta. ¡Una carta de mi hermano! Pensé, pero era extraña.
“Sussie:
             Creo que deberías dejar de hacer cosas que no se te permiten. No sos nadie. Si te interesa saber quién soy, nos vemos hoy, 13 de diciembre, en la calle 30, entre 23 y 24. Fíjate que hay un bar, métete, yo te voy a esperar sentado.”
No tenía firma, ni dirección, ni nada. Todo se estaba volviendo más y más extraño.
-¿Qué pasó? ¿De quién era?- me preguntó Steve.
-De nadie, me tengo que ir.- Dije y me fui. Se me estaba pegando eso de desaparecer de repente. Antes de irme le avisé a mi mamá que estaba Steve, a ella le caía bien, así que se quedaron hablando.

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