Abro la puerta y solo hay un espejo. Tiro la llave y
comienzo a llorar. “Ya no me gusta esto, quiero volver a casa”. Caigo de
rodillas al suelo, híper ventilo y me desmayo.
Desperté, no recordaba la noche anterior… Bueno, supuse que
me habré emborrachado, o habré abusado de alguna que otra sustancia. Nada
distinto de un domingo.
Miré el calendario, la fecha daba cuatro de noviembre del
2080. Estábamos en plena guerra mundial. Todo se había ido al carajo, después
de unas malas decisiones de las personas. Con todo esto, Londres, no era un
sitio muy bonito para estar. Vinimos acá cuando yo tenía 6 años; hace 15 años, estábamos
en Argentina, pero mamá discutió con la abuela, una pelea fuerte y nos echó de
casa. Yo nunca supe bien el motivo de la discusión, tampoco me interesó. Yo
estaba feliz en Londres.
-Sussie, vení a comer.- Eran las 3 de la tarde. Creo que
había dormido mucho… O muy poco… Me puse los zapatos, me terminé de vestir y
bajé. Mamá había hecho puré con arroz. Realmente no sabía combinar los
alimentos, por lo que siempre cocinada yo. Pero hoy no. Hoy tenía una noticia.
-Vení, sentate.- Dijo mamá. Yo, asustada, fui.
-¿Qué pasó?
-Tu padre, hoy temprano, se fue a hacer servicio al
ejército; no pude hacer nada para detenerlo…- Dijo, con los ojos llenos de
lágrimas.
Yo no pude decir nada. Sabíamos muy bien que los Azules iban
ganando, y que, papá, estaba prácticamente muerto. Traté de consolarla, yo
siempre fui la fuerte de la familia.
Así se los conocía: Los malos, eran los azules. Nadie sabía
de dónde habían salido, o por qué, pero estaban dominando al mundo. Los buenos,
eran llamados los Plateados. Esto de los colores, venía justamente por lo
colores de sus uniformes. Al no saber de dónde habían salido, o cuándo, no
había forma de diferenciarlos con otro nombre.
No éramos muchos. En Londres, estábamos solo mamá, yo y…
bueno, papá ya no. En Argentina se había quedado mi hermano, Camilo, diez años
más grande que yo. Nosotros nos comunicábamos por correspondencia, pero a
escondidas, porque mamá no quería que nos hablemos, por lo que subí a mi
habitación, una vez que ella se calmó y le escribí:
“Camilo: Hermano, me acabo de enterar que papá está en el
ejército, con los Plateados. No tengo palabras para describir el temor que
siento. Mamá está destruida. ¿Vos cómo estás? Hace mucho no hablamos…
Te quiero,
Sussie.”
Puse la fecha, y, en el remitente, puse la dirección de la
vecina, Lola. Ella vivía al lado de casa, con el marido. Era unos años más
grande que yo, pero era mi mejor amiga. Ella dejaba que las cartas que escribía
mi hermano, llegaran a su casa. Su marido, Antony, era buen tipo, también.
Pasé la lengua por el papel, para pegarlo, me maquillé,
escondí la carta en la cartera, y salí, con la excusa de comprar para la cena.
Caminé directo al correo, me quedaba cerca de casa, a unas
diez cuadras. Me gusta caminar.
En el camino, vi unos policías, golpeando a un chico. Era
algo normal que lo policías se comportaran así. Justo cuando llegué, ellos ya
se estaban yendo. Soy muy miedosa en esos aspectos, pero ésta vez no. Había
algo en él que me llamaba la atención. Algo en él que me hipnotizaba.
-¿Estás bien?- Le dije. Tenía el pelo rojo, largo, como por
los hombros, ojos negros y piel extremadamente blanca, que resaltaba con su
ropa negra, parecía una mujer.
-Una dama como usted, no debería preocuparse por mí…- Dijo
con una sonrisa, mientras se levantaba y se limpiaba la sangre de la boca.
-¿Por qué te hicieron esto?-
-Solamente les dije la verdad… No importo yo, en éste
momento, ¿Cuál es su nombre, pequeña flor?- Automáticamente me sonrojé.
-Soy Sussie… ¿Cuál es el tuyo?-
-Yo soy Félix. Un placer conocerla.- Dijo, mientras besaba
mi mano.
Nos quedamos hablando un poco, me contó que tenía 38 años,
que era artista, aunque no me quiso decir de qué clase… No me importó, solo
quería escucharlo hablar. Su voz era dulce, y su forma de hablar parecía del
siglo pasado.
Me acompañó a entregar la carta y luego me dijo que tenía
que irse, que pronto nos volveríamos a ver. Sacó una rosa de su campera de
cuero negro y me la dio.
-¿Siempre tenés una rosa con vos?- Pregunté entre risas.
-No. Pero hoy, cuando desperté, algo me dijo que iba a conocerla…-
Me dio un beso en la mejilla y se fue. Quedé paralizada
viendo como se iba, pero no pude detenerlo.
Una brisa fresca movió mi pelo. Hizo que despertara. Traté
de sacarlo de mi cabeza, sin resultados y compré algunas cosas para la cena.
Antes de llegar a casa, fui a casa de Lola, quería
preguntarle si sabía algo sobre éste extraño muchacho. Golpeé su puerta, e
inmediatamente la abrió, como si me estuviese esperando.
-¿Qué sucede, Sussie?- Me dijo sin dejarme entrar.
-Um… Yo solo quería preguntarte si conocías a Félix… Tiene
el pelo rojo, y largo, y es extremadamente pálido.-
-No, lo siento, no lo conozco, nunca lo he visto. Está por
comenzar el toque de queda, creo que deberías irte a tu casa.-
-Es verdad,- dije al mirar el reloj- pero luego hablaremos
de tu extraño comportamiento. Por cierto, le envié una carta a mi hermano,
¿Podrías avisarme cuando te llegue?-
-Claro que sí.- me abrazó y me dijo al oído: -Las cosas se
están poniendo feas, Sussie, cuidate mucho.- Cerró la puerta sin dejarme contestar.
Fui a casa, saqué la llave y abrí la puerta. Mamá no estaba,
supuse que estaría arriba, en su habitación, ya que no estaba bien. Al sacar
las cosas de mi cartera, encontré la rosa que me había dado Félix, y sus
recuerdos invadieron mi mente otra vez… Estaba oliendo la rosa cuando mi madre
me interrumpió.
-Querida, cuando hagas la cena, solo hacela para vos, yo no
voy a cenar…-
-Pero mamá, no podes optar por ese comportamiento-
-Yo soy grande, y haré lo que quiero.- Me interrumpió y
volvió a su habitación. Yo no le hice caso, cociné para ambas. Puse un poco de
música porque ese Adonis pelirrojo no se alejaba de mis pensamientos. Me puse a
escuchar música clásica, siempre me había gustado. Y en casa siempre habían
guardado las pistas. The Spring. Esa canción siempre me levantaba el ánimo.
Podría ser porque ya no habían primaveras. Se habían acabado cuando el humano
no dejó de romper el planeta. Cuando nadie se preocupó por el futuro, cuando la
guerra comenzó, y los humos de las bombas en los enfrentamientos arruinaron la
poca atmósfera que quedaba. Ahora solo llovía. Nunca fue raro de Londres que
lloviera, pero, ahora estaba así todo el tiempo. O llovía, o estaba totalmente
nublado. Nunca entraba ni una pizca de sol.
Terminé de comer, ya eran las 9 de la noche. Realmente no
tenía nada que hacer y me acosté en el suelo. Me acosté a pensar en él. En
alguien que no sabía si alguna vez volvería a ver. Sonó el teléfono. ¿Qué?
Estaba terminantemente prohibido el uso de teléfonos, bueno, no prohibido, pero
estaban todas las líneas pinchadas por lo que no se podía hablar.
-¿Ho-hola?- Dije totalmente temerosa.
-Ayudame…- Se escuchó la voz de Lola y se cortó. Oh por
Dios, no sabía qué hacer. El toque de queda ya estaba en vigencia. No me
importó. Lola era mi mejor amiga, no me importaba lo que podría llegar a pasar.
Ella me había ayudado millones de veces, y ahora era mi turno. Me puse una
campera negra, con una capucha enorme. Tomé un pañuelo y me tapé la mitad de la
cara, solo dejando al descubierto mis ojos. Agarré un cuchillo, lo escondí y
salí corriendo. Por dios, ¿qué estaba haciendo? ¿Qué demonios pensaba hacer con
el cuchillo? Llegué a la casa de Lola, y la puerta estaba abierta. Abierta y
rota. Alguien la había forzado para abrirla. Empecé a caminar sigilosamente,
traté de hacer el menor ruido posible. Estaba llorando, había sangre por todos
lados, tenía miedo. Llegué a la habitación de Lola y estaba un azul golpeándola.
Ese azul tenía la cara conocida… Al verme, se fue corriendo. ¿Por qué no me
había hecho nada? ¿Por qué le había hecho esto a Lola? Me acerqué a Lola, traté
de reanimarla, pero ya no había forma. Ella estaba muerta.
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