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miércoles, 8 de agosto de 2012

Cántame, para dormir. Capítulo 1.

CAPÍTULO 1

Abro la puerta y solo hay un espejo. Tiro la llave y comienzo a llorar. “Ya no me gusta esto, quiero volver a casa”. Caigo de rodillas al suelo, híper ventilo y me desmayo.
Desperté, no recordaba la noche anterior… Bueno, supuse que me habré emborrachado, o habré abusado de alguna que otra sustancia. Nada distinto de un domingo.
Miré el calendario, la fecha daba cuatro de noviembre del 2080. Estábamos en plena guerra mundial. Todo se había ido al carajo, después de unas malas decisiones de las personas. Con todo esto, Londres, no era un sitio muy bonito para estar. Vinimos acá cuando yo tenía 6 años; hace 15 años, estábamos en Argentina, pero mamá discutió con la abuela, una pelea fuerte y nos echó de casa. Yo nunca supe bien el motivo de la discusión, tampoco me interesó. Yo estaba feliz en Londres.
-Sussie, vení a comer.- Eran las 3 de la tarde. Creo que había dormido mucho… O muy poco… Me puse los zapatos, me terminé de vestir y bajé. Mamá había hecho puré con arroz. Realmente no sabía combinar los alimentos, por lo que siempre cocinada yo. Pero hoy no. Hoy tenía una noticia.
-Vení, sentate.- Dijo mamá. Yo, asustada, fui.
-¿Qué pasó?
-Tu padre, hoy temprano, se fue a hacer servicio al ejército; no pude hacer nada para detenerlo…- Dijo, con los ojos llenos de lágrimas.
Yo no pude decir nada. Sabíamos muy bien que los Azules iban ganando, y que, papá, estaba prácticamente muerto. Traté de consolarla, yo siempre fui la fuerte de la familia.
Así se los conocía: Los malos, eran los azules. Nadie sabía de dónde habían salido, o por qué, pero estaban dominando al mundo. Los buenos, eran llamados los Plateados. Esto de los colores, venía justamente por lo colores de sus uniformes. Al no saber de dónde habían salido, o cuándo, no había forma de diferenciarlos con otro nombre.
No éramos muchos. En Londres, estábamos solo mamá, yo y… bueno, papá ya no. En Argentina se había quedado mi hermano, Camilo, diez años más grande que yo. Nosotros nos comunicábamos por correspondencia, pero a escondidas, porque mamá no quería que nos hablemos, por lo que subí a mi habitación, una vez que ella se calmó y le escribí:

“Camilo: Hermano, me acabo de enterar que papá está en el ejército, con los Plateados. No tengo palabras para describir el temor que siento. Mamá está destruida. ¿Vos cómo estás? Hace mucho no hablamos…
                                                        Te quiero,
                                                                         Sussie.”

Puse la fecha, y, en el remitente, puse la dirección de la vecina, Lola. Ella vivía al lado de casa, con el marido. Era unos años más grande que yo, pero era mi mejor amiga. Ella dejaba que las cartas que escribía mi hermano, llegaran a su casa. Su marido, Antony, era buen tipo, también.
Pasé la lengua por el papel, para pegarlo, me maquillé, escondí la carta en la cartera, y salí, con la excusa de comprar para la cena.
Caminé directo al correo, me quedaba cerca de casa, a unas diez cuadras. Me gusta caminar.
En el camino, vi unos policías, golpeando a un chico. Era algo normal que lo policías se comportaran así. Justo cuando llegué, ellos ya se estaban yendo. Soy muy miedosa en esos aspectos, pero ésta vez no. Había algo en él que me llamaba la atención. Algo en él que me hipnotizaba.
-¿Estás bien?- Le dije. Tenía el pelo rojo, largo, como por los hombros, ojos negros y piel extremadamente blanca, que resaltaba con su ropa negra, parecía una mujer.
-Una dama como usted, no debería preocuparse por mí…- Dijo con una sonrisa, mientras se levantaba y se limpiaba la sangre de la boca.
-¿Por qué te hicieron esto?-
-Solamente les dije la verdad… No importo yo, en éste momento, ¿Cuál es su nombre, pequeña flor?- Automáticamente me sonrojé.
-Soy Sussie… ¿Cuál es el tuyo?-
-Yo soy Félix. Un placer conocerla.- Dijo, mientras besaba mi mano.
Nos quedamos hablando un poco, me contó que tenía 38 años, que era artista, aunque no me quiso decir de qué clase… No me importó, solo quería escucharlo hablar. Su voz era dulce, y su forma de hablar parecía del siglo pasado.
Me acompañó a entregar la carta y luego me dijo que tenía que irse, que pronto nos volveríamos a ver. Sacó una rosa de su campera de cuero negro y me la dio.
-¿Siempre tenés una rosa con vos?- Pregunté entre risas.
-No. Pero hoy, cuando desperté, algo me dijo que iba a conocerla…-
Me dio un beso en la mejilla y se fue. Quedé paralizada viendo como se iba, pero no pude detenerlo.
Una brisa fresca movió mi pelo. Hizo que despertara. Traté de sacarlo de mi cabeza, sin resultados y compré algunas cosas para la cena.
Antes de llegar a casa, fui a casa de Lola, quería preguntarle si sabía algo sobre éste extraño muchacho. Golpeé su puerta, e inmediatamente la abrió, como si me estuviese esperando.
-¿Qué sucede, Sussie?- Me dijo sin dejarme entrar.
-Um… Yo solo quería preguntarte si conocías a Félix… Tiene el pelo rojo, y largo, y es extremadamente pálido.-
-No, lo siento, no lo conozco, nunca lo he visto. Está por comenzar el toque de queda, creo que deberías irte a tu casa.-
-Es verdad,- dije al mirar el reloj- pero luego hablaremos de tu extraño comportamiento. Por cierto, le envié una carta a mi hermano, ¿Podrías avisarme cuando te llegue?-
-Claro que sí.- me abrazó y me dijo al oído: -Las cosas se están poniendo feas, Sussie, cuidate mucho.- Cerró la puerta sin dejarme contestar.
Fui a casa, saqué la llave y abrí la puerta. Mamá no estaba, supuse que estaría arriba, en su habitación, ya que no estaba bien. Al sacar las cosas de mi cartera, encontré la rosa que me había dado Félix, y sus recuerdos invadieron mi mente otra vez… Estaba oliendo la rosa cuando mi madre me interrumpió.
-Querida, cuando hagas la cena, solo hacela para vos, yo no voy a cenar…-
-Pero mamá, no podes optar por ese comportamiento-
-Yo soy grande, y haré lo que quiero.- Me interrumpió y volvió a su habitación. Yo no le hice caso, cociné para ambas. Puse un poco de música porque ese Adonis pelirrojo no se alejaba de mis pensamientos. Me puse a escuchar música clásica, siempre me había gustado. Y en casa siempre habían guardado las pistas. The Spring. Esa canción siempre me levantaba el ánimo. Podría ser porque ya no habían primaveras. Se habían acabado cuando el humano no dejó de romper el planeta. Cuando nadie se preocupó por el futuro, cuando la guerra comenzó, y los humos de las bombas en los enfrentamientos arruinaron la poca atmósfera que quedaba. Ahora solo llovía. Nunca fue raro de Londres que lloviera, pero, ahora estaba así todo el tiempo. O llovía, o estaba totalmente nublado. Nunca entraba ni una pizca de sol.
Terminé de comer, ya eran las 9 de la noche. Realmente no tenía nada que hacer y me acosté en el suelo. Me acosté a pensar en él. En alguien que no sabía si alguna vez volvería a ver. Sonó el teléfono. ¿Qué? Estaba terminantemente prohibido el uso de teléfonos, bueno, no prohibido, pero estaban todas las líneas pinchadas por lo que no se podía hablar.
-¿Ho-hola?- Dije totalmente temerosa.
-Ayudame…- Se escuchó la voz de Lola y se cortó. Oh por Dios, no sabía qué hacer. El toque de queda ya estaba en vigencia. No me importó. Lola era mi mejor amiga, no me importaba lo que podría llegar a pasar. Ella me había ayudado millones de veces, y ahora era mi turno. Me puse una campera negra, con una capucha enorme. Tomé un pañuelo y me tapé la mitad de la cara, solo dejando al descubierto mis ojos. Agarré un cuchillo, lo escondí y salí corriendo. Por dios, ¿qué estaba haciendo? ¿Qué demonios pensaba hacer con el cuchillo? Llegué a la casa de Lola, y la puerta estaba abierta. Abierta y rota. Alguien la había forzado para abrirla. Empecé a caminar sigilosamente, traté de hacer el menor ruido posible. Estaba llorando, había sangre por todos lados, tenía miedo. Llegué a la habitación de Lola y estaba un azul golpeándola. Ese azul tenía la cara conocida… Al verme, se fue corriendo. ¿Por qué no me había hecho nada? ¿Por qué le había hecho esto a Lola? Me acerqué a Lola, traté de reanimarla, pero ya no había forma. Ella estaba muerta.

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