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miércoles, 8 de agosto de 2012

Cántame, para dormir. Capítulo 3.


CAPÍTULO 3

Eran las 6:00. Sabía que iba a volver tarde, pero no me importaba. Solo quería saber quién era, estaba como hipnotizada, solo caminaba hacia ese lugar. Llegué. 6:20. A las 7:00 empezaba el toque de queda, tenía que ser rápido. Había un bar “Dreams”, entré, estaba abierto. No había nadie adentro, estaba todo roto. Solo había alguien tomando en la barra, pero ni siquiera estaba el barman.
-¿Hola?- dije. No sé de dónde sacaba tanta valentía.
-Sabía que ibas a venir.- Se da vuelta una mujer. Una tipa impactante, rubia, con labios ultrarrojos, vestida toda de cuero. –Tengo algo para vos, me la dio tu hermano.-
-¿Quién sos? ¿Cómo conocés a mi hermano?
-Pfff..., eso no importa ahora. Tomá,- extiende la mano- agarrala, no te voy a morder.- caminé hacia ella y la agarré.
-¿De qué es ésta llave?-
-Eso lo tenés que descubrir vos. Afuera tenés a un amigo mío, que te va a llevar a tu casa en su moto, ya que son las19:20.- se metió al baño del bar y desapareció. Salí afuera, y no había nadie. Entonces me senté en el piso a llorar.
-¿Cada vez que la vea va a estar llorando?- mi corazón se detuvo. Él era lo único que necesitaba. Lo ví y lo abracé. El también me abrazó, y me hizo sentir mucho mejor.
-¿La llevo?- dijo, señalando la moto.
-Sí.- dije sin pensar. Y arrancó. Me dejó a unas cuadras de mi casa, porque no quería que mi mamá se enterara que estaba afuera.
-¿Para qué es ésta llave?- recordé que él era el amigo de la rubia, por lo que el debía saber.
-Solo usted puede saberlo. Nos veremos luego.- Se fue caminando al lado contrario de mi casa. Y yo fui para mi casa. En cuanto volteé, él estaba vigilándome. Pensé varias veces que todo esto era un sueño, que ya se acabaría. Entré a casa por la puerta de atrás, que no hacía ruido. Eran las 8:00 ya, tenía que preparar la cena, pero algo me bloqueó. Fui a mi habitación y me puse a llorar. Quería que todo se acabase, pero aún no era el momento. Me dormí preguntándome para qué era esa llave.
Corría por un pasillo, como si alguien me persiguiera, veo una puerta y me detengo. Tenía en una mano, la llave que me había dado la rubia, y en la otra, una foto de Antony. Abro la puerta y despierto. Hacía bastante que no sabía de Antony, desde el funeral de Lola… Así que, ese día desayuné, y tenía en mente que la llave tenía algo que ver con él. Me fui a su casa, y él no estaba, estaba trabajando. Me escabullí, la puerta estaba cerrada, pero yo sabía que Lola guardaba la llave dentro de una maceta. Tomé la llave y abrí la puerta. Comencé a revisar todo, algo tenía que encontrar. Di vuelta toda la casa, y no encontré nada. Estaba enojada, comencé a llorar y me tiré al suelo, y ahí estaba. Debajo de un mueble había un pequeño cofre. Me sequé las lágrimas y lo tomé, iba a abrirlo, pero pensé que era más seguro probar si funcionaba en casa.
Entré a casa, mamá me preguntó por el cofre, le dije que no le interesaba. Otra vez estaba actuando extraña. Yo siempre fui una persona calmada, una persona que trataba bien a todos. Nunca fui muy bonita, ni me creía mucho, yo siempre fui la típica chica de pelo negro, ojos oscuros y con un mal gusto al vestirme. Pero todo eso, lo compensaba con mis buenos modos. Pero ya no era así, desde que comenzaron a pasar todas esas cosas horribles, me volví una persona horrible también. Y lo peor, es que me gustaba.
Subí a mi habitación y busqué la llave que la había dejado en el cajón de la ropa interior. Estaba nerviosa. Tan nerviosa que no podía atinarle al agujero de la llave. Hasta que pudo, y funcionó. Se abrió instantáneamente, estaba lleno de papeles y me puse a leerlos. Eran papeles que informaban cómo había comenzado la guerra, papeles que decían que los azules eran los buenos y los plateados los malos. Entre todos esos papeles, había una carta de Antony a Lola, y decía:

“Lola, amada mía: Lamento todo esto que está pasando. Te juro que realmente no quiero que las cosas sean así, pero prefiero hacerlo yo antes de que te toque otra persona. Yo moriré con vos, no me importa nada. Lola, sos el amor de mi vida y nunca lo dejarás de ser. Por favor, perdóname por lo que estoy a punto de hacer.
Te amo.
                                            Antony.”

Ahora todo tenía sentido. Por eso se me hacía conocida la cara, porque era él. Y yo estuve hablándole todo este tiempo. Yo lo consolé. Yo estuve con él cuando me necesito. No podía dejar de sentirme engañada, él era uno de mis mejores amigos y me hizo esto. Y le hizo esto a Lola, quien tanto lo amaba. Todo con tal de salvarse el culo. Al final era otro estupido como los demás. Pero esto ni iba a quedar así. Yo iba a hacer algo.
Cada vez comenzaba a creer que esta sociedad estaba enferma, estaba infectada. Eso nos mantenía cautivos de nosotros mismos. Algo en mi comenzó a latir y comencé a armar un explosivo. Era muy fácil conseguir esta clase de cosas por la situación en la que estábamos, pero nadie sabía lo que yo tenía en mente. Mientras armaba todo, sonó el teléfono.
-¿Te parece bien lo que vas a hacer?- Se escuchó la voz de la rubia.
-No pienso contestarte. Para empezar, no sé ni quién sos, ni como sabés lo que estoy haciendo.- Le dije enojadísima, gritando en silencio.
-Mph… Me llamo Marlene, es toda la información que puedo darte. Pensá bien las cosas que hacés.- cortó. ¿Qué mierda pasaba con todo? Agarré todos los elementos del explosivo que estaba haciendo y lo guardé debajo del colchón. Me tiré en mi cama, puse The Spring, y me dormí.
Sus brazos rodeaban mi cintura, sus ojos me miraban fijamente, sus labios se acercaban cada vez más a los míos. Estábamos tan cerca que no podía ver quién era, pero suponía que era Félix. Él me besó y yo le correspondí, le dije que lo amaba. Y el solo me dijo “Cuídese, por favor. Piense muy bien lo que está haciendo, yo no soy real, y solo estaré mientras usted quiera.” Lo abracé y se esfumó. Una oscuridad inundó el lugar, y solo apareció una sonrisa. Unos labios rojos sonriendo, una risa malévola se escuchó de fondo y unos colmillos comenzaron a crecer. “¡Dejame en paz!”, grité. Pero no. Esa sonrisa se transformó en una persona, una rubia impactante. Marlene. Ella estaba vestida de fiesta, y yo también. Me tomó de los brazos, y al sonido de The Spring me hizo bailar.
Desperté y aún seguía sonando The Spring. Miré la hora y solo habían pasado minutos. Una enorme angustia me atacó y me dejé llevar. ¿Por qué estaba pasando todo esto? ¿Por qué todo esto me estaba pasando a mí? Y ésta vez, él no estaba aquí. Estaba perdidamente enamorada de un extraño. Anhelaba el misterio de no saber cuando él iba a aparecer. Soñaba con ese día en que no se fuera. Ese día en el que él no fuera más que una rosa. Esa noche fue la vez que más lloré. No sé si dormí, o continué así toda la noche. Solo sabía que no quería dormir. Y si dormía, no quería despertar.

Cántame, para dormir. Capítulo 2.


CAPÍTULO 2

Pasaron varios días del asesinato de Lola, y me llegó la carta del funeral. No quería ir, estaba totalmente negada a su muerte. Mi hermano estaba lejos, mi padre estaba en el ejército, mi madre estaba tan deprimida que no salía de su habitación y Lola, mi mejor amiga, estaba muerta. Ahora si que me sentía sola.
Leí la carta, y la fecha daba 15 de noviembre, solo faltaban 5 días. Fui a casa de Lola, a ver cómo estaba su marido. Estaba hundido en su propio sufrimiento. Ella solo tenía 27 años, lo que hizo que recordara a un lejano “club” que había de rockers famosos en los que todos morían a los 27… Pero ella no era una rockera, ella era una jodida chica de 27 años, con toda la vida por delante y por culpa de estos hijos de puta, ahora solo es un recuerdo.
Me estaba cansando de todo esto que estaba sucediendo. Ahora estaba sola en esto. Mientras yo me metía cada vez más en mis pensamientos, Antony me habló.
-¡Sussie!- desperté. –Vos sabés lo que pasó con ella, ¿no? Sabés que fueron los azules, ¿no es así?-
-Sí, por Dios. Ella esa noche me había llamado, y fui corriendo a ver qué pasaba. Pero no pude hacer nada,- dije y comencé a llorar. –no pude hacer nada, lo siento.-
-Está bien,- dijo él, y me abrazó. –mientras ambos sepamos la verdad, esto no quedará impune.-
Ya era el día del funeral, por lo que traté de poner mi mejor voluntad y salí. Mamá no quiso ir. Necesitaba que alguien me acompañara, yo ya no podía sostenerme a mí misma. Fui con Antony, él realmente no estaba bien. Yo no sabía cómo consolarlo, no sabía ni como consolarme a mi misma. Llegamos, y estaba ahí, el párroco del lugar. Yo no creía en nada, por lo que solo fui a despedirme de ella. Cuando terminó de decir todas esas cosas religiosas, dijo:
-Dolores Anderson, fue una gran persona que no pudo contenerse a violar el toque de queda impuesto por nuestro gobierno para nuestra protección. Esperemos que ella se encuentre bien con Dios, y nos sirva como ejemplo para no quebrantar la ley.- ¿Qué? Esto no es cierto, ella no quebrantó ninguna ley, ella estaba en su casa, entraron y la mataron.
-¿Qué clase de mentira es ésta? ¡Ella no quebrantó nada, ella estaba en su casa, los azules la mataron!- dije, llorando.
-Señorita, se que usted está dolida por el asunto, pero no podemos hacer nada. Esto fue lo que pasó el 5 de noviembre. Esto es lo que el marido nos dijo.- Mis ojos se abrieron como platos y miré a Antony.
-¡Antony! ¡Vos sabés lo que pasó, deciselos!-
-No sé de qué estás hablando.- Dijo Antony.
-¡Vos mismo me dijiste que también sabías esto!- El párroco hizo una seña y vino un tipo de seguridad desde atrás y me dijo:
-Usted deberá retirarse, está demasiado nerviosa.-
-¡Yo no estoy nerviosa! ¡Yo estoy diciendo la verdad!-No terminé de hablar que me agarró y me llevó.
Estaba afuera, ya no tenía a nadie conmigo. No sé qué le había pasado a Antony, si él mismo me había dicho que sabía lo mismo que yo. No entendía nada, estaba llorando de bronca. Estaba muy enojada.
-Una dama como usted no debería andar llorando por lo rincones…- Se me paró el corazón cuando escuché su voz, y levanté la mirada. Sus ojos negros me penetraron. -¿Por qué llora?- dijo al ponerse en cuclillas.
-Todos mienten. Estoy más sola que nunca, y la única persona a la que podría haberme acercado, se volvió como los demás.- dije y comencé a llorar otra vez. Me abrazó y me dijo:
-Usted no está sola, me tiene a mí.- Limpió mis lágrimas y me invitó a caminar. En el camino le conté todo lo que había sucedido.
-Es que, lamentablemente, la gente tiene miedo el gobierno en el que estamos, y por eso no dice la verdad. Pero eso no la hace menos a usted, la hace más por no importarle lo que pueda perder diciendo la misma.-
-Claro que no temo a perder, ya no tengo nada que perder…- Siempre fui un tanto pesimista.
-Eso es una ventaja. Al no tener nada que perder, uno se vuelve más fuerte. Uno se vuelve uno y no le asusta nada. O al menos, eso es lo que me pasó a mí. Muy poca gente se anima a decir la verdad en ésta situación en la que vivimos, y es muy valorable que usted pueda hacerlo…- Me sacó una sonrisa. –Qué bonita sonrisa tiene, no la he visto muchas veces, pero es magnífica. ¿Podría fotografiarla?- Me sonrojé.
-No me gusta que me saquen fotos…-
-Por favor, solo será una, lo prometo.- Sacó una cámara de su bolso negro, la puso cerca de mi boca, y me sacó una foto. Al terminar, me la mostró. –¿Ve, usted, que es bellísima?-
Solo sonreí, ya no tenía fuerzas para hacerlo. Nos sentamos en el pasto de una plaza, y yo me recosté sobre sus piernas, y me quedé profundamente dormida. No dormía bien desde antes que pasara lo de Lola. Hacían unos 10 días que no dormía, casi. Me desperté con la alarma de mi reloj. Eran las 6:40, en 20 minutos comenzaba el toque de queda. Félix no estaba. Otra vez desaparecía sin dejar rastros, aunque, lo único que me dejó, fue otra rosa.
Ya me estaba acostumbrando a que se fuera sin fundamentos. Creo que eso era una de las cosas por las que me atraía. Eso y que sea tan misterioso. Apenas sabía su nombre, su edad y que era artista. No sabía nada más de él, sabía como escabullirse para que terminara hablando de mí. Estaba hablándole de mí a un extraño, ahora que lo pensaba. Ya no me importaba lo que me decían de pequeña, el típico “no hables con extraños”. Pero éste extraño me daba una sensación de que lo conocía de toda la vida. Una sensación que me permitía contarle hasta mi más profundo secreto sin vergüenza. El siempre sonreía cuando yo hablaba. Y yo también, cosa que, desde que apareció, solo lo hago con él.
Esto de la guerra estaba poniéndome los pelos de punta. Primero mi papá, luego Lola, luego Antony, ¡basta! Solo quería un minuto de paz. Todo esto comenzó hace unos 12 años. Yo tenía 11, para el entonces, y me estaba comenzando a agradar Londres. Iba al colegio, como todo niño de mi edad, y me estaba comenzando a atraer un niño, Steve. Él era lindo, aunque era un poco bravucón. Ahora se de dónde lo sacó. Su padre, lord Robert Burton, era el presidente en ese momento. Un día, un 3 de septiembre, anunció que la guerra era públicamente iniciada. ¿Guerra con quién? Nunca supimos más que contra los azules. El tipo se fue, con su familia (incluyendo a Steve), dejando a cargo del país, realmente, a nadie. Solamente se comunicaba con nosotros vía cámara y daba discursos estúpidos. Discursos que la gente comenzó a creer. Ahí comenzó el toque de queda, a mis hermosos 13 años. No pude disfrutar el salir por las noches, por lo que apareció mi adicción al alcohol o a sustancias. Nunca tuve una buena relación con mamá, siempre me llevé mejor con papá, ya que ella solo me trataba con violencia, cuando papá era el que jugaba conmigo.
No tuve muchas amigas. Solo Lola, quien, cuando me mudé a Londres, vivía con su madre. Al poco tiempo, su madre murió, por lo que ella tuvo que comenzar a mantenerse sola a los 15 años. A los 17 se enamoró de Antony, y a los pocos meses se fueron a vivir juntos y se casaron.
Lola siempre fue de carácter revolucionario, talvez por eso le pasó lo que le pasó. Pero yo no me asusté por eso. Gracias a Félix, soy más fuerte.
Ya habían pasado dos meses de lo sucedido y de la última vez que lo había visto a Félix. Era un tipo que realmente, nunca lograba terminar de entender.
-¡Sussie!- Qué raro mamá interrumpiendo mis pensamientos. A veces creo que pienso demasiado todo. Debería para un poco. –Te busca un hombre afuera.-
-¿Un hombre? ¿Quién?- ¿Félix? Pensé…
-No sé, te busca a vos, vos deberías saber quién es.- Hoy nos levantamos de malhumor. Fui a la puerta, totalmente ilusionada de que sea Félix. Pero no, no sé quién era.
-Am, ¿si?-
-¡Sussie! ¿No me recordás?-
-Me temo que no.-
-Sussie, ¡Soy Steve, tu compañero de colegio!-
-¡Ay, pero pasá! Mamá, ¿te acordás de Steve?- mamá ya se había ido. ¿Qué les pasaba a todos con desaparecer de repente?- bueno, se fue mamá- dije riendo.
-¿Está tu mamá?- dijo Steve sorprendido.
-Sí, ¿no te abrió ella?- le dije mientras preparaba café.
-No, me abriste vos, Susana.- Dios, hacían añares que nadie me decía Susana. Odiaba mi nombre. No le di interés, me entretuve hablando con él. Me dijo que antes había ido a visitar a Lola cuando se enteró de la noticia. Me dijo que Antony le había dado una carta. ¡Una carta de mi hermano! Pensé, pero era extraña.
“Sussie:
             Creo que deberías dejar de hacer cosas que no se te permiten. No sos nadie. Si te interesa saber quién soy, nos vemos hoy, 13 de diciembre, en la calle 30, entre 23 y 24. Fíjate que hay un bar, métete, yo te voy a esperar sentado.”
No tenía firma, ni dirección, ni nada. Todo se estaba volviendo más y más extraño.
-¿Qué pasó? ¿De quién era?- me preguntó Steve.
-De nadie, me tengo que ir.- Dije y me fui. Se me estaba pegando eso de desaparecer de repente. Antes de irme le avisé a mi mamá que estaba Steve, a ella le caía bien, así que se quedaron hablando.

Cántame, para dormir. Capítulo 1.

CAPÍTULO 1

Abro la puerta y solo hay un espejo. Tiro la llave y comienzo a llorar. “Ya no me gusta esto, quiero volver a casa”. Caigo de rodillas al suelo, híper ventilo y me desmayo.
Desperté, no recordaba la noche anterior… Bueno, supuse que me habré emborrachado, o habré abusado de alguna que otra sustancia. Nada distinto de un domingo.
Miré el calendario, la fecha daba cuatro de noviembre del 2080. Estábamos en plena guerra mundial. Todo se había ido al carajo, después de unas malas decisiones de las personas. Con todo esto, Londres, no era un sitio muy bonito para estar. Vinimos acá cuando yo tenía 6 años; hace 15 años, estábamos en Argentina, pero mamá discutió con la abuela, una pelea fuerte y nos echó de casa. Yo nunca supe bien el motivo de la discusión, tampoco me interesó. Yo estaba feliz en Londres.
-Sussie, vení a comer.- Eran las 3 de la tarde. Creo que había dormido mucho… O muy poco… Me puse los zapatos, me terminé de vestir y bajé. Mamá había hecho puré con arroz. Realmente no sabía combinar los alimentos, por lo que siempre cocinada yo. Pero hoy no. Hoy tenía una noticia.
-Vení, sentate.- Dijo mamá. Yo, asustada, fui.
-¿Qué pasó?
-Tu padre, hoy temprano, se fue a hacer servicio al ejército; no pude hacer nada para detenerlo…- Dijo, con los ojos llenos de lágrimas.
Yo no pude decir nada. Sabíamos muy bien que los Azules iban ganando, y que, papá, estaba prácticamente muerto. Traté de consolarla, yo siempre fui la fuerte de la familia.
Así se los conocía: Los malos, eran los azules. Nadie sabía de dónde habían salido, o por qué, pero estaban dominando al mundo. Los buenos, eran llamados los Plateados. Esto de los colores, venía justamente por lo colores de sus uniformes. Al no saber de dónde habían salido, o cuándo, no había forma de diferenciarlos con otro nombre.
No éramos muchos. En Londres, estábamos solo mamá, yo y… bueno, papá ya no. En Argentina se había quedado mi hermano, Camilo, diez años más grande que yo. Nosotros nos comunicábamos por correspondencia, pero a escondidas, porque mamá no quería que nos hablemos, por lo que subí a mi habitación, una vez que ella se calmó y le escribí:

“Camilo: Hermano, me acabo de enterar que papá está en el ejército, con los Plateados. No tengo palabras para describir el temor que siento. Mamá está destruida. ¿Vos cómo estás? Hace mucho no hablamos…
                                                        Te quiero,
                                                                         Sussie.”

Puse la fecha, y, en el remitente, puse la dirección de la vecina, Lola. Ella vivía al lado de casa, con el marido. Era unos años más grande que yo, pero era mi mejor amiga. Ella dejaba que las cartas que escribía mi hermano, llegaran a su casa. Su marido, Antony, era buen tipo, también.
Pasé la lengua por el papel, para pegarlo, me maquillé, escondí la carta en la cartera, y salí, con la excusa de comprar para la cena.
Caminé directo al correo, me quedaba cerca de casa, a unas diez cuadras. Me gusta caminar.
En el camino, vi unos policías, golpeando a un chico. Era algo normal que lo policías se comportaran así. Justo cuando llegué, ellos ya se estaban yendo. Soy muy miedosa en esos aspectos, pero ésta vez no. Había algo en él que me llamaba la atención. Algo en él que me hipnotizaba.
-¿Estás bien?- Le dije. Tenía el pelo rojo, largo, como por los hombros, ojos negros y piel extremadamente blanca, que resaltaba con su ropa negra, parecía una mujer.
-Una dama como usted, no debería preocuparse por mí…- Dijo con una sonrisa, mientras se levantaba y se limpiaba la sangre de la boca.
-¿Por qué te hicieron esto?-
-Solamente les dije la verdad… No importo yo, en éste momento, ¿Cuál es su nombre, pequeña flor?- Automáticamente me sonrojé.
-Soy Sussie… ¿Cuál es el tuyo?-
-Yo soy Félix. Un placer conocerla.- Dijo, mientras besaba mi mano.
Nos quedamos hablando un poco, me contó que tenía 38 años, que era artista, aunque no me quiso decir de qué clase… No me importó, solo quería escucharlo hablar. Su voz era dulce, y su forma de hablar parecía del siglo pasado.
Me acompañó a entregar la carta y luego me dijo que tenía que irse, que pronto nos volveríamos a ver. Sacó una rosa de su campera de cuero negro y me la dio.
-¿Siempre tenés una rosa con vos?- Pregunté entre risas.
-No. Pero hoy, cuando desperté, algo me dijo que iba a conocerla…-
Me dio un beso en la mejilla y se fue. Quedé paralizada viendo como se iba, pero no pude detenerlo.
Una brisa fresca movió mi pelo. Hizo que despertara. Traté de sacarlo de mi cabeza, sin resultados y compré algunas cosas para la cena.
Antes de llegar a casa, fui a casa de Lola, quería preguntarle si sabía algo sobre éste extraño muchacho. Golpeé su puerta, e inmediatamente la abrió, como si me estuviese esperando.
-¿Qué sucede, Sussie?- Me dijo sin dejarme entrar.
-Um… Yo solo quería preguntarte si conocías a Félix… Tiene el pelo rojo, y largo, y es extremadamente pálido.-
-No, lo siento, no lo conozco, nunca lo he visto. Está por comenzar el toque de queda, creo que deberías irte a tu casa.-
-Es verdad,- dije al mirar el reloj- pero luego hablaremos de tu extraño comportamiento. Por cierto, le envié una carta a mi hermano, ¿Podrías avisarme cuando te llegue?-
-Claro que sí.- me abrazó y me dijo al oído: -Las cosas se están poniendo feas, Sussie, cuidate mucho.- Cerró la puerta sin dejarme contestar.
Fui a casa, saqué la llave y abrí la puerta. Mamá no estaba, supuse que estaría arriba, en su habitación, ya que no estaba bien. Al sacar las cosas de mi cartera, encontré la rosa que me había dado Félix, y sus recuerdos invadieron mi mente otra vez… Estaba oliendo la rosa cuando mi madre me interrumpió.
-Querida, cuando hagas la cena, solo hacela para vos, yo no voy a cenar…-
-Pero mamá, no podes optar por ese comportamiento-
-Yo soy grande, y haré lo que quiero.- Me interrumpió y volvió a su habitación. Yo no le hice caso, cociné para ambas. Puse un poco de música porque ese Adonis pelirrojo no se alejaba de mis pensamientos. Me puse a escuchar música clásica, siempre me había gustado. Y en casa siempre habían guardado las pistas. The Spring. Esa canción siempre me levantaba el ánimo. Podría ser porque ya no habían primaveras. Se habían acabado cuando el humano no dejó de romper el planeta. Cuando nadie se preocupó por el futuro, cuando la guerra comenzó, y los humos de las bombas en los enfrentamientos arruinaron la poca atmósfera que quedaba. Ahora solo llovía. Nunca fue raro de Londres que lloviera, pero, ahora estaba así todo el tiempo. O llovía, o estaba totalmente nublado. Nunca entraba ni una pizca de sol.
Terminé de comer, ya eran las 9 de la noche. Realmente no tenía nada que hacer y me acosté en el suelo. Me acosté a pensar en él. En alguien que no sabía si alguna vez volvería a ver. Sonó el teléfono. ¿Qué? Estaba terminantemente prohibido el uso de teléfonos, bueno, no prohibido, pero estaban todas las líneas pinchadas por lo que no se podía hablar.
-¿Ho-hola?- Dije totalmente temerosa.
-Ayudame…- Se escuchó la voz de Lola y se cortó. Oh por Dios, no sabía qué hacer. El toque de queda ya estaba en vigencia. No me importó. Lola era mi mejor amiga, no me importaba lo que podría llegar a pasar. Ella me había ayudado millones de veces, y ahora era mi turno. Me puse una campera negra, con una capucha enorme. Tomé un pañuelo y me tapé la mitad de la cara, solo dejando al descubierto mis ojos. Agarré un cuchillo, lo escondí y salí corriendo. Por dios, ¿qué estaba haciendo? ¿Qué demonios pensaba hacer con el cuchillo? Llegué a la casa de Lola, y la puerta estaba abierta. Abierta y rota. Alguien la había forzado para abrirla. Empecé a caminar sigilosamente, traté de hacer el menor ruido posible. Estaba llorando, había sangre por todos lados, tenía miedo. Llegué a la habitación de Lola y estaba un azul golpeándola. Ese azul tenía la cara conocida… Al verme, se fue corriendo. ¿Por qué no me había hecho nada? ¿Por qué le había hecho esto a Lola? Me acerqué a Lola, traté de reanimarla, pero ya no había forma. Ella estaba muerta.