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lunes, 22 de julio de 2013

Diecisiete, la desgracia.

Bueno, voy a empezar diciendo que esta será una de las pocas entradas felices que verán en mi blog, ya que lo uso para descargarme. Pero hoy en el colectivo venía pensando en que, dentro de un mes cumplo mis merecidos dieciocho, y me puse a hacer un breve balance de este año que pasó. Porque, como sabrán, yo no creo en año nuevo, por lo que, mi año nuevo, es mi cumpleaños, así que ese es el momento en el que veo todo lo que sucedió.
Los diecisiete fue una edad que esperé mucho, nunca supe bien por qué, pero me agradaba ese número. Me agradaba el decir "Ah, tengo diecisiete", me llenaba de orgullo. Me llena de orgullo. Para mí, y hasta ahora, ninguna otra edad me fue tan anhelada como esta, recuerdo que, en mis dieciséis, moría por tener diecisiete. Y cuando los tuve, fui tan feliz. No me gustan los números impares, pero el diecisiete suma ocho, que dividido por dos da cuatro, por lo que es un buen número.
Más allá de mis obsesivos sentimientos hacia el mismo, en este transcurso pasaron cosas alucinantes. Conocí gente magnífica, de las que aprendí millones de cosas, gente que llenó mi vida de felicidad, gente que hizo que volviera a confiar en las personas. Gente que, con una sonrisita, o con un simple hola, cambiaban mis días. Cambian mis días. También, tuve el valor y la determinación de alejarme de quienes me hicieron mal, o de las situaciones que me hacían mal. Obviamente, las personas que siempre amé, permanecieron conmigo, acompañándome, en este hermoso año, con risas, enojos cuando eran necesarios, palmadas en la espalda, abrazos, calor, palabras, miradas y miles de cosas más.
Dejando de lado a las personas, conocí bandas asombrosas. Dejé que la música se apoderara completamente de mí y logré escuchar más allá de una guitarra. Logré ver a la música, sentirla, respirarla, amarla y respetarla.
Logré hallar paz en los elementos, logré que el fuego no sea solo daño, que el agua no solo moje, que el aire no sea frío y que la tierra no ensucie. Logré ser una con ellos.
Logré calmarme y ver la armonía de las cosas. Dejé de ser tan negativa y aprendí a ponerle un poco de risas a los problemas. Aprendí a llorar cuando es necesario, sin importar el qué dirán. Aprendí a hablar cuando me pasan las cosas, y a callarme en los momentos necesarios. A ser madura siendo una niña.
Este año, que aún no termina, aprendí muchísimas cosas. Quisiera que nunca terminara. Quisiera tener diecisiete para siempre.

Después de todo, la desgracia no fue tan mala.

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